Ficción Privada (Argentina – 2019), de Andrés Di Tella

El cinematógrafo nació en Lyon, Francia. El espiritismo también. En esa extraña y hermosa conjunción aparece la pantalla como un espacio espectral, el lugar que eligen las almas para dejar registro de sus huellas. En este sentido, tal vez pueda pensarse el cine de Andrés Di Tella, como el arte del ventrílocuo, y especialmente Ficción privada, su última película que (aparentemente) cierra una serie de evocaciones familiares, exorcizadas a través del cine, esa práctica mediúmnica cuyo misterio se conserva.

En una especie de prólogo queda establecido el trabajo con los materiales del documental. Una mano sostiene fotos mientras el sujeto que las porta, camina por diversos lugares. Cada imagen encierra una historia y allí están las voces de un padre y su hija para conjeturarlas. Una cosa es lo que se ve y otra lo que uno imagina que se ve. En esa relación se condensa uno de los sentidos posibles del título: lo privado, lo que existe como tal, también es una ficción. Ficción no como sinónimo de mentira, sino como máscara: se finge que algo es verdadero, incluso la vida propia. Y si cada foto es parte de un relato mayor, está la posibilidad de reconstruir un contexto, pero también de inventarlo. La secuencia inicial concluye con una declaración de Di Tella, “y con mi papá todavía sigo hablando”. ¿Cómo leer esta sentencia? Acaso, con la posibilidad de entender el cine como ese lugar en el que uno, entre otras cosas, se comunica con los muertos. Mientras tanto, Di Tella también habla con su hija, con jóvenes actores y con Edgardo Cozarinsky, para dar cuenta de ese proceso de evocación, y se mueve por diferentes lugares como si fuera un espíritu que deambula por aquellos espacios que habitó alguna vez en este mundo (Londres, la India, Israel, Buenos Aires).

Memoria afectiva. Objetos mnemónicos. Un hijo que necesita escuchar a sus padres a través de cartas, pero que también necesita las voces que las lean. Y no se trata solo de contar una ficción privada con todos los riesgos que ello implica en tiempos donde el regodeo en la subjetividad está a la orden del día, sino de visualizar ese mismo proceso (uno de los pilares expresivos en las películas del realizador). Arrancarle a la muerte un pedazo de ese mundo perdido y pensar el cine como posibilidad de restitución, no sin poner en evidencia paralelamente la misma imposibilidad de recuperar un aura primigenia, he aquí uno de los hallazgos de la película. Al final, nada puede tomarse como una verdad consumada, ni siquiera la propia historia. Di Tella indaga en la vida de sus padres con el temor lógico de quien pueda encontrar alguna señal adversa, o para confirmar esas experiencias tal como las vivió o se las contaron. Nada mejor que las cartas para ello. Es muy atinada la observación de Cozarinsky en torno a la diferencia entre los escritos de puño y letra a los papeles impresos. Uno dibuja en el primer caso el rostro, imagina un cuerpo y se materializan las emociones. En definitiva, de eso se trata, de reconstruir, de invocar, pero también de inventar la genealogía paterna como materna, encontrar un sentido en ese cruce. El cine como búsqueda.

Aún con diversas zonas de interés y de intensidad, con un registro por momentos desangelado (sobre todo cuando leen/interpretan los jóvenes) y cierto vuelco a una solemnidad no deseada seguramente, Ficción privada vuelve a confirmar la capacidad de Andrés Di Tella para interrogarse sobre los materiales con los que trabaja un documentalista y a poner toda la sensibilidad al servicio de la memoria y del cine como un arte de exorcismo, como una voz que oficia de intermediaria entre los vivos y los muertos. La secuencia final está a la altura del prólogo, los dos grandes momentos de la película.

Por Guillermo Colantonio

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