Matangi/Maya/M.I.A. (Estados Unidos / Reino Unido / Sri Lanka – 2018), de Stephen Loveridge

¿Cuál es el verdadero rostro de un músico popular? ¿Cómo conciliar la fama y la riqueza material con lo espiritual o la ayuda humanitaria o el activismo? Éstas y otras preguntas han atravesado la historia del rock y otros géneros. Tal vez, lo único que parece dar alguna certeza es que un artista posee un carácter polifacético. El cine ha representado estas contradicciones. Martin Scorsese lo hizo en Viviendo en un mundo material, documental sobre George Harrison; Todd Haynnes integró esa idea a la forma en que eligió hablar de Bob Dylan en I’m Not There. Porque la música popular tiene como rasgo inherente la imposibilidad de salir del sistema, de quedar inscripta en un circuito comercial. Una vez que se pone el cuerpo, no faltará mucho tiempo para que se haga la plancha. No es el mismo aquel Bono de U2 cantando sobre domingos sangrientos que el Bono que se reúne con los líderes del peor neoliberalismo, como tampoco fueron los mismos Sex Pistols de los setenta los que terminaron juntándose por millones de dólares. Obviamente, hay matices. Bono se hace el gil; John Lydon te lo escupe en la cara.

Todo lo anterior también es parte de Matangi/Maya/M.I.A, la película de Steve Loveridge que, desde el título mismo, invita a observar el proceso de transformación de una joven refugiada en Londres a una artista de Hip Hop famosa a nivel mundial (pese a que en Argentina no tuvo demasiada repercusión). En efecto, antes de la fama, la chica en cuestión es Matangi Arulpragrasam, nacida en Sri Lanka en 1976, y apodada prontamente por los familiares como Maya. Justo en el año de su nacimiento comenzó una feroz guerra civil y su padre se transformó en el referente de la resistencia tamil contra el gobierno. Este indicio no es menor dado que determinó gran parte de la naturaleza contradictoria de Maya, desde la problemática aceptación de ser hija de un terrorista hasta defender muchos años después la causa a raíz de las atrocidades que las autoridades cometieron contra las etnias (horrores indescriptibles). Su llegada a Londres en 1995 confirma el inicio de un camino consagrado a la música como forma de exorcizar el dolor y al cine como terapia. El documental da cuenta de ello de manera fragmentaria, con uso (y abuso, por momentos) de archivos caseros, respetando siempre la primera persona como motor enunciativo. A medida que pasan los minutos se percibe una tensión interesante entre dos posibilidades. La primera es la más obvia y la más peligrosa: ¿estamos ante otro caso de una joven asimilada por el mundo occidental que interpela sus orígenes y las causas políticas de su padre desde la comodidad europea?, o ¿asistimos a la formación de una artista en medio de la adversidad? Lo interesante es que Loveridge pone en escena ambas cuestiones, confronta puntos de vista y no le esquiva a la discusión.

El inicio presenta a la protagonista en diversos contextos. Dentro de un patrón estético que se reconoce libre de restricciones en cuanto a la prolijidad, el registro nunca abandona el tono casero, se nutre de testimonios y arma un perfil complejo a partir de la inclusión de diversos marcos enunciativos que van desde la pobreza más absoluta y la indiferencia de los ingleses hasta la fama como cantante de Hip Hop. En este sentido, hay un arco que se direcciona desde los primeros intentos por formarse como realizadora de videos experimentales hasta cantar con Madonna en el Super Bowl. En el medio se muestran todos los cuestionamientos de la prensa vampírica que no le perdona la fama y el activismo a los artistas, y menos si son extranjeros. Hay pasajes de ninguneo televisivo, de censura en cadenas como la CNN, de maniobras oscuras en la edición de reportajes y reproches desde los sectores más conservadores. Sin embargo, M.I.A resiste. No solo canta sino que desafía también los lugares cómodos. En medio del número con Madonna, ante millones de televidentes, lanza un fuck you que inmediatamente se transforma en un acoso de las autoridades y de la moral norteamericana. La reacción es como una pasada de posta: Madonna, la joven revulsiva de otros tiempos y a la que ahora digitan como una muñeca en este tipo de espectáculos, le cede el lugar a M.I.A, aun sin proponérselo. Este gesto incómodo para la organización es el signo que marca el punto de vista también del director. La balanza se inclina hacia la admiración por la naturaleza problemática y contestataria de una mujer que, a pesar de haber ganado un Oscar y una reputación en el mundo de las discográficas, no la caretea y tiene en claro algo fundamental: se puede ser parte del circo del espectáculo, pero lo más importante es cómo molestar dentro del mismo y que ello repercuta para bien en otras esferas. Solo de este modo puede entenderse el dilema irresoluble de convivir con la fama y con el horror de su tierra natal.

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